Los sábados a la noche (pero no todos, señores, no se
abusen) suelen ser los días en los que por una cosa o por la otra, largas el
traje, los tacos y lo estructurado de toda la semana y los revoleas bien lejos,
dejándole paso a las risas y a la complicidad que solo un grupo de amigos te
puede dar; pero… atenti, a no confundir libertad con libertinaje. Decís: “hoy
me comporto” y arrancas tranqui con un fernecito livianito (70/30) de aperitivo…
cuando te diste cuenta te bajaste 4. Y bueno, hay que salir; se sale. Hay días en
los que de movida la arrancas esplendido, hay noches en que tenés que remar el
titánic con escarbadientes en dulce de leche repostero, no digan que nunca les
paso, porque sé que mienten.
Logras superar la etapa de reme y todo parece encaminarse a
una buena noche. Cuestión, llegas al lugar y te das cuenta que todo es tan
gratis, que lo más probable es que en algún momento se te apague el televisor,
todo se vuelva más bizarro de lo normal y termines hablando con gente que no
sabes quién es, pero que es copada, y bailes (o pretendas hacerlo) de una
forma, que cuando al otro día te acuerdes pensas “hice el ridículo, lo se”;
para colmo de males, te colaste en cuanto flash andaba dando vuelta, y no es
como antes, que para revelar el rollo había que esperar un tiempo, y ya tenias
todo aceptado, ahora, casi con la inmediatez del sonido, tu desempeño es
divulgado en cuanta red social esta inventada, lo que transforma tu imagen “seria
y aplicada” de toda la semana en algo casi sin sentido.
Llega un punto de la noche en que el tele se queda sin aire,
sin cable, sin señal, y perdes todo tipo de coherencia alguna en lo que decís
y/o/u haces, y ahí aparece otro de los inventos que le ha cagado la vida a la
juventud: el celular. Sin razón aparente, lo sacas, y al primero número que tenés
en lista de espera le mandas un mensaje, que, cuando revisas el buzón de salida
al otro día, está escrito en jeroglífico chino mandarín imposible casi de interpretar.
Claro está que del otro lado nunca hay una respuesta demasiado coherente. La
noche se empieza a hacer dia al mirar por la ventana del lugar, y decís, “y
bueno, todo muy lindo, pero mañana quiero tener algo de vida” y como quien no
quiere la cosa, y zigzagueando, salís del lugar, con tu grupo, que no es garantía
de nada bueno ni serio.
“Yo voy para alla” “yo también” “compartamos taxi, vos, vos
vos y yo” y asi subis… llegas a tu casa y lo primero que pensas es: “ok, de que
me perdi?”. Ni hablar del domingo al mediodía:
nunca te avisaron que venia toda la flia a comer un asado, y tenes que fumarte
las anécdotas que escuchaste 250 mil veces, y vos solo pensas en echarte a
dormir la siesta de tu vida. Claro es: NO PODES! Pero no es que la juventud
este perdida, señores, es que a veces se necesita apagar un poco el tele de
tanta estructura de la semana.
Conclusion: la juventud se pierde cuando no se sabe
disfrutar!
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